En el extremo sur de Egipto, a pocos kilómetros de la frontera con Sudán, en la orilla occidental del lago Nasser, se alzan los dos templos más espectaculares del Antiguo Egipto después de las pirámides: Abu Simbel. Tallados directamente en el acantilado de roca arenisca hace más de tres mil años por orden de Ramsés II, estos templos sobrevivieron al paso de los siglos enterrados bajo las arenas del desierto y, en el siglo XX, protagonizaron uno de los mayores rescates arqueológicos de la historia.
El templo mayor de Ramsés II
La fachada del Gran Templo de Abu Simbel es una de las imágenes más icónicas del mundo antiguo: cuatro colosales estatuas sedentes de Ramsés II, de veinte metros de altura cada una, guardan la entrada al santuario. Una de ellas está parcialmente destruida desde la Antigüedad, pero las otras tres permanecen en perfecto estado, con los rasgos del faraón deificado mirando serenamente hacia el río Nilo.
El interior del templo es igualmente impresionante. Una serie de salas hipóstilas conduce al sanctasanctórum, donde cuatro estatuas representan a los dioses Ptah, Amón-Ra, Ra-Horajti y al propio Ramsés II deificado. El diseño del templo es tan preciso que dos veces al año, el 22 de febrero y el 22 de octubre, los rayos del sol al amanecer penetran hasta el santuario interior e iluminan directamente las estatuas de Amón-Ra, Ra-Horajti y Ramsés, dejando en la oscuridad solo a Ptah, dios de las tinieblas.
El templo de Nefertari
A unos cien metros del templo mayor se encuentra el templo de Nefertari, dedicado a la reina favorita de Ramsés II y a la diosa Hathor. Su fachada muestra seis estatuas colosales: dos representan a la reina Nefertari y cuatro a Ramsés II. La construcción de un templo de estas dimensiones para una reina fue un gesto sin precedentes en la historia del Antiguo Egipto, una declaración de amor eternizada en piedra.
El interior presenta relieves de gran colorido que muestran a Nefertari haciendo ofrendas a los dioses, escenas de culto y textos del Libro de los Muertos. Los colores originales, protegidos durante milenios por la arena, son de una vivacidad excepcional.
El rescate del siglo: el traslado de Abu Simbel
Cuando Egipto decidió construir la Gran Presa de Asuán en la década de 1960, el lago Nasser que se formaría amenazaba con inundar para siempre los templos de Abu Simbel, que llevaban siglos enterrados bajo las arenas. La UNESCO lanzó una campaña internacional sin precedentes para salvar los monumentos.
Entre 1964 y 1968, un equipo internacional de ingenieros y arqueólogos desmontó ambos templos en más de dos mil bloques de piedra de hasta treinta toneladas cada uno y los reensambló sesenta y cuatro metros más arriba y doscientos veinte metros más al interior, exactamente con la misma orientación astronómica original. El coste fue de cuarenta millones de dólares, aportados por cincuenta países. Fue uno de los mayores logros de ingeniería del siglo XX.
Cómo llegar a Abu Simbel desde El Cairo y Asuán
Abu Simbel está a 280 kilómetros al sur de Asuán. Las opciones para llegar son: avión (vuelos directos desde El Cairo o desde el aeropuerto de Asuán en unos 45 minutos), autocar desde Asuán (unas 3,5 horas por carretera), o minivan privada. La mayoría de los visitantes hacen una excursión de día completo desde Asuán, partiendo a las 4 de la mañana para llegar al amanecer antes del calor y antes de los grupos masivos.
Los templos están abiertos todos los días de 5:00 a 18:00. La entrada general cuesta unos 360 libras egipcias (aproximadamente 7 euros). Los días especiales del fenómeno solar (22 febrero y 22 octubre) atraen miles de visitantes y la madrugada resulta especialmente mágica. No te pierdas la vista desde el exterior al amanecer cuando los colosos se tiñen de dorado con la primera luz del día.

